22/12/15

#NaviBlogger - La dejó con la palabra en la boca


«Todos, todos están dormidos, dormidos, dormidos en la colina»
Edgar Lee Masters (1868-1950).


La dejó con la palabra en la boca.

—Ahora vuelvo —susurró, asustado.

Había dejado de hablar porque había escuchado un ruido procedente de su espalda. Estaba lejos, y quizá eran imaginaciones suyas, pero más valía esconderse. En los cementerios no se debe hablar. En general no se debe estar, a no ser, qué sé yo, que sea el uno de octubre, pero no era el caso. Era más bien veintidós o veintitrés de diciembre. O primeros de enero. El caso es que por todos lados había guirnaldas, lucecitas, regalos, papá noeles y belenes, y que hacía frío. Daba igual el día que fuera. No debía estar allí. Pero sin embargo estaba. Y no podía ser de otra forma. Tenía que estar allí, lo necesitaba. El resto del año podía vagar sin rumbo por las calles o echarse a dormir en el colchón del triste habitáculo donde vivía. Pero cuando sus piernas le guiaban al cementerio, no había ningún ápice de su cuerpo que le indicara lo contrario. Lo tenía escrito en su piel, en su sangre y en sus pulmones.

—¿Hay alguien ahí? —aspiró, ¿esperando una respuesta? Seguramente, ni alguien que hubiera estado a su lado habría podido oír ese hilillo de voz.

No respondió nadie.

(Y menos mal).

Salió de su escondite, enseñando poco a poco su silueta frágil, que daba la impresión de caerse en pedazos. Llevaba una chaqueta sucia pero elegante. No se la ponía nunca, pero siempre la tenía localizada para usarla en este día. Era lo único decente que tenía, y no combinaba en absoluto con lo demacrado de su cuerpo. Tenía la cara sucia, oscura y contraída. Y todo lo demás casi que también. Sus dedos eran gelatina y su pelo un mar plagado de islas de zonas desérticas. Nunca abría del todo los ojos porque, en fin, ya no le sorprendía nada. Nunca abría la boca porque, en fin, ya no tenía nada que decir. Y, sobre todo, nunca sonreía porque, en fin. Ya nada le alegraba. Todo eso se lo reservaba. La sonrisa era su pequeño secreto. Sólo existía un par de horas al año, en la oscuridad. Donde nadie la viera. ¿Nadie?

—Hola —dijo, saliendo de su aturdimiento y giró su cuello con delicadeza hasta mirar a la tumba que tenía delante. Estaba fría y raída, y no ocupaba el mismo espacio que las demás. Era más pequeña, más modesta. Más barata. Ni ella tuvo dinero para pagárselo, ni mucho menos él. No era pobre, pero no esperaba morir. ¿Espera alguien morir? Está en el ser humano querer seguir viviendo. Pero ella, con su vestido de flores y su pelo negro brillante y su pulsera de perlas blancas y su sonrisa de trozos de nube, ella no esperaba morir. ¿Fue irresponsable? Pues bueno. Al menos fue feliz—. Por fin vengo.

Él, que nunca lloraba —porque, bueno, ya no había nada que le pusiera triste—, dejó caer una lágrima que sonó como la primera gota de lluvia, como esa que se queda clavada en el cristal de las gafas y que siempre precede al «joder, me ha caído una gota. Va a empezar a llover».

Por detrás, una mano le rozó la suya. No se asustó, no se extrañó, no se giró siquiera. Cedió y se perdió en el cosquilleo. Cerró los ojos y dejó su cuerpo, mientras la mano ascendía por el brazo hasta llegar al hombro, y el señor ya sólo pudo querer eternizar ese momento.

—Te echo de menos. —Empezó a llover en sus mejillas. Y en su interior. «Es un buen chaparrón, qué mal que no hayamos cogido paraguas».

Bueno, él sí llevaba paraguas. La mano suave y vaporosa de la mujer le secó la cara con delicadeza y le besó con dulzura, como cuando muerdes una fruta la primera vez y está ácida, pero gusta. Ella no hablaba, pero, como de costumbre en su vida, no hacían falta palabras. Ellos ya se lo habían dicho todo, y muchas veces. Es cierto, no obstante, que no les importaría repetirse esas cosas una y otra vez durante ocho vidas más. Pero no son nunca las cosas a gusto nuestro. Allí, olía a flores secas y a invierno, pero sobre todo ello podía oler su perfume. A su champú de miel, el del bote con el tapón amarillo que siempre colocaba en el cajoncillo de la ducha junto al de él, uno más neutro. Olía a su pintalabios púrpura, a su colonia de esencia de rosa que se echaba todas las mañanas antes de salir. Olía a su casa, al ruido de las llaves al abrir la puerta cuando volvía a las tantas, después del trabajo, y ella, que tampoco hacía mucho que había llegado, le hacía un huequito en el sofá con el brasero encendido, para abrazarlo mientras se tapaban con las enagüillas marrones.  

—¿Hoy no vuelves a casa?

El aire no le devolvió ninguna palabra, pero se imaginó un no.


La mano dejó de tocarle y él creía que la había perdido. Tragó saliva y quería ahogarse. Enfrente de él, apoyada sobre la lápida, percibió la silueta de su mujer. No eran imaginaciones: era la silueta. Podía ver su rostro de pájaro, sus hombros de nieve y su cintura de madreselva. Pudo ver su sonrisa de menta, que brillaba en la oscuridad. El mejor regalo que le podrían haber hecho. Se le quedó mirando, absorto, y, tumbada, le hizo un sitio a su lado por si, quién sabe, quería acompañarla. 

8 comentarios:

  1. Me ha parecido precioso, de verdad. Me ha parecido tan precioso si no sé si añadir más palabras a este comentario, porque creo que sobran, pero lo hago porque lo merece.
    El estilo me ha encantado, con esos "en fin", esos "quién sabe", esos "bueno". Suena tan a diálogo, tan a los pensamientos de estos personajes a los que sin querer les he cogido cariño, como a su historia. Fíjate, ha sido así a pesar de lo corta que es, pero en estas pocas líneas hay tanto amor, tanta ternura, y sobre todo es tan cotidiano, tan palpable, tan cierto... una historia de amor normal sin nada extraordinario, es decir, de las mejores.
    Genial el relato, de corazón te lo digo.
    ¡Un abrazo!

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  2. No sé si soy capaz de dejarte un comentario con un mínimo de coherencia.
    Pacs, de verdad que cada vez que leo algo tuyo en mi interior algo se conecta y pienso "joder, y está empezando. Qué será de nosotros cuando alce el vuelo, cuando la tinta se confunda con la sangre de sus venas". Es que no sé. Cuando te leo me siento como si me rompiera y al mismo tiempo me arreglara.
    Bueno, no quiero irme por las ramas (o igual sí, quién sabe). El relato de verdad que me ha partido en dos. No sé. Es tan... puro, tan elegante, tan maravilloso. Como mirar a través de un espejo, a través de agua cristalina. Y hay algunas frases que te juro que las enmarcaría, algunos momentos que de verdad, son puro oro. Me encanta, en serio.

    No respondió nadie.
    (Y menos mal).


    Soy fan de esa parte, en serio. Y bueno, sin más. No me salen más palabras. Maravilloso, fantástico, increíble.
    Un beso,
    C.

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  3. De tan irreal que es este relato se hace palpable. Tan extraño lo que cuenta que es cotidiano. Me ha gustado, en especial la frase final, tan sencilla y "acogedora". Seguiré leyéndote. Un abrazo.

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  4. De tan irreal que es este relato se hace palpable. Tan extraño lo que cuenta que es cotidiano. Me ha gustado, en especial la frase final, tan sencilla y "acogedora". Seguiré leyéndote. Un abrazo.

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  5. Tengo el corazón sobrecogido, me has inmerso en tu escritura y me ha parecido estar viéndolo y no leyendolo, de hecho se me ha quedado corto de lo sumergida que estaba. Me ha encantado, tenéis un nivel incleíble *-*
    Un fuerte abrazo,
    María

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  6. Me has transmitido una sensación de paz muy fuerte. Una paz tintada de amargura, ¿sabes lo que te digo? La paz del resignado, del que sabe que a la muerte no le vence nadie, del que sabe que nadie vuelve una vez se lo han llevado. Además me ha resultado muy visual, cosa que ayuda mucho a la hora de sumergirte en el relato. Y, sin duda, un gran punto a favor. Qué tristes son las Navidades de algunos (cómo pesa la ausencia), y qué fácil es alegrarlas (a veces). Me ha gustado mucho volver a leerte :)
    ¡Un abrazo!

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  7. Ha sido magnífico. ¿Y para ti era terrible? Mira, Paco, mira. Cualquier día te doy un viaje. Me ha gustado mucho, ha sido claro y conciso y muy muy colorido, cargado de sensaciones. Sinceramente, me ha parecido muy dulce y tan amable como la muerte esperada. Grandioso, de verdad. Gracias.

    Un frío beso,

    Emily

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  8. Paco, me ha encantado. Estaba leyendo y se me ha puesto la carne de gallina. Es un texto precioso y sabes transmitir tan bien las emociones. Me ha encantado. Muy bonito, de verdad. Maravilloso. Un abrazo enorme.

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relampaguea