2/11/15

Necesitó ocho letras para salir del infierno - #ViajesLiterarios

Este relato es para #ViajesLiterarios de Reivindicando Blogger.
Partimos desde el Hades (Insomnia, de Vitamina C).
Nos dirigimos a Ámsterdam (Broken Rose, de Emily Broken Rose)


«and being crazy is
being in hell
and being sane is hellish
too».


Charles Bukowski, Lost

Una luz tenue se colaba por debajo de la puerta. Él tenía el sueño ligero, y eso junto con su pánico feroz hizo que no tardara más de dos segundos en estar despierto. Al principio se sorprendió, pero luego se dio cuenta que era lo de siempre. Eso sí, que fuera lo de siempre no quería decir que estuviera acostumbrado. Hay cosas en la vida a las que uno, sencillamente, no se acostumbra.

            Miró por la ventana, entreabierta. Ya no oía el ruido de la lluvia, pero la tormenta de esta tarde había dejado el cristal lleno de pequeñas señalitas grises. Fuera no había nada, un mar oscuro salpicado con alguna luz encendida y una estrella perdida de vez en cuando. La luz del cuarto de al lado ya se había extinguido, pero él sabía que aquello no había acabado. Más bien acababa de empezar.

            —¡Cierra la boca de una vez! ¡Estoy harto de escucharte!

            —¡Yo sí que estoy harta!

            —¿Harta tú, de qué? ¡No puedes tener quejas de nada! ¡Hija desagradecida, a tu madre tenías que haber salido!

            —¡Yo no soy tu hija ni lo seré nunca, bazofia!

            Pam.   

            Ya había sonado la primera bofetada.

            Y una bofetada no podía existir sin otras cuantas detrás.

            —¡No le pegues! ¡Por favor, Richard, deja a la niña!

            Pam. Pam.

            Miró el reloj. 3:04.

            Él nunca se acostumbraba a aquello. Era enero y fuera la temperatura era de poco más de un grado. Pero a él de pronto le empezaron a sobrar todas las mantas que le cubrían. El calor le gritaba, le rugía, le masacraba por dentro. Sentía el calor como una presencia, como alguien que estaba junto a él, tumbado en la cama. Le susurraba, le contaba historias. Le enloquecía.

            Estiró una mano y abrió el cajón, y con los dedos palpó hasta dar con lo que buscaba. No lo apretó muy fuerte, porque estaba muy afilado. De nuevo usó los dedos para palparse el brazo. Sintió las marcas de su muñeca y rozó con las yemas el hueco que quedaba entre éstas y su mano. Ya quedaba poco espacio. Con el cuchillo, perforó su piel hasta trazar una ene. Siete letras quedaron definitivamente: i, n, f, i, e, r, n.

            —Cuando la palabra esté entera, me marcharé.

            Fuera no cesaban los gritos, y aunque no quería escucharlos, no pudo evitarlo:

            —¡Hijo de puta, la has matado! ¡Mi hija! ¿Por qué lo has hecho? ¡Cabrón de mierda! —Él, asustado, se asomó desde la puerta de su habitación, lo suficiente para ver el cuerpo de su hermana sobre el suelo con heridas por toda la cara, y su madre abrazándola. Percibió la silueta de Richard en la puerta principal de la casa, que se abrió para dejarle salir. Había huido—. ¿Por qué? —gemía, se desgañitaba, sin fuerza siquiera para llamar a la policía.

            El chico se metió de nuevo en su cuarto, y con el cuchillo trazó una o bien grande que casi le ocupó todo el ancho de su antebrazo. Tardó poco menos de dos minutos en coger ropa de abrigo y sacar la maleta de debajo de la cama. Con la muñeca todavía sangrando, se echó al cuello una bufanda y salió a la sala de estar sin atreverse a mirar al cadáver.

            —¡Esta casa es un puto infierno!

            Cerró con un portazo, y en la calle empezó a llover de nuevo.


Su mente estaba embotellada y no le dejaba pensar con claridad. En realidad, su problema más grande era si llevaba dinero de sobra en la cartera como para viajar suficientemente lejos. Aquella ciudad era un ancla que le colgaba de los hombros, y se había cansado de llevarla. No tenía nada allí: ni amigos, ni compromisos. Y ni siquiera tenía a su madre. Físicamente estaba allí, pero nunca la había reconocido, nunca la había sentido como algo necesario. Se había sentido a años luz de ella, viviendo en mundos muy distintos. No podía quedarse ni un segundo más allí.

            La estación de tren estaba vacía. Comprensible a las tres de la mañana, y aún más teniendo en cuenta que en el aquel pueblo apenas llegaba ninguna línea de viaje. Pasaba un tren cada cinco horas con suerte, que lo llevaba hasta la capital. El próximo no salía hasta dentro de tres horas, así que aprovechó para dormir un poco, cobijado en los incómodos asientos metálicos de la sala de espera.

            Un rugido lo despertó un tiempo después.

      —Oiga, va a perder el tren. —Su garganta no pudo hacer más que proferir un gemido inentendible, y el señor que le había avisado, sabiendo que ya había cumplido su función, se fue. El chico se dio cuenta de lo que quería decir y espabiló. Corrió hacia el tren con la maleta en la mano, sus ojos llenos de legañas y el pelo hecho un desastre.

            El interior del tren estaba vacío salvo por un par de personas que dormitaban a su aire. Pudo escoger el asiento que quería, sin preocuparse por mirar cuál era el que le correspondía según su billete. Se sentó en uno pegado a la ventana, para intentar al menos disfrutar un poco del paisaje. Cada vez había más luz natural; el sol había empezado a asomar detrás de las montañas y dejaba una amalgama de colores que tintaba con gracia la cristalera del tren.

            El tren hizo parada en algunos pueblos antes de dirigirse a la gran estación del centro del país. Apenas había movimiento: ninguno de los pasajeros decidía bajarse ni subir. Aunque en una de las estaciones, quizá la cuarta o la quinta por la que pasaban desde que él se montó, una mujer joven se aventuró a atravesar las puertas. El chico no prestó apenas atención, pero ella obvió el hecho de que había decenas de asientos libres. Eligió sentarse a su lado.

           —Hola —le saludó. El chico dudó un momento de si se estaba refiriendo a él, pero no había muchas más opciones.

            —Buenas —respondió, casi por obligación, y giró la cabeza para volver a sus asuntos.

            —¿Viajas solo?

            «¿Por qué sigue preguntando?», se cuestionó el chico, exteriorizando una mueca de disgusto.

           —¿Ves a alguien más? —escupió.

           —Me veo a mí —replicó, en el mismo tono desagradable—. No viajas solo.

            «Ojalá lo hiciera».

            Decidió no responder en voz alta.


El tren llegó a la estación con diez minutos de retraso, lo que obligó al chaval a apresurarse de un lado a otro para hacer el transbordo. Tenía que coger otro tren, y lo que era más importante: comprar el billete. Ya tenía en mente el destino que quería escoger, e incluso el horario, así que al menos la elección no le llevó mucho tiempo.

            —Un billete de ida a Ámsterdam en el tren de las 12:35, por favor.

            Se dirigió a la vía cuatro, en la que un tren larguísimo ya le estaba esperando. La mayoría de los pasajeros ya se había montado, salvo un par de personas que, como él, corrían escaleras abajo.


Entró en su vagón y observó el panorama. A diferencia del tren anterior, este estaba abarrotado. A la vista sólo encontró un asiento libre. Se acercó a él y se quedó petrificado con lo que vio. Al lado del lugar vacío, la chica de antes le miraba con una sonrisa, sentada en el asiento de al lado.

            —¡Quién me lo iba a decir!

            «Mierda».

            —Buenas —le dijo, tal y como le había dicho antes.

            —¿Estás ahora más hablador?

            —Ten por seguro que no.

            —No importa. Cuéntame, ¿por qué vas a Ámsterdam?

            —Tengo familia allí.

            —¿Y vas a visitarla?

            —Más o menos.

            La chica hizo ademán de seguir hablando pero cerró la boca un segundo y cambió su discurso.

            —Voy un momento al servicio.

            Unos segundos después, una mujer se acercó al chico:

           —¿Perdone, está libre este asiento? —le preguntó, señalando al asiento vacío que había dejado la chica.

            —No, es de una mujer que ha ido al baño.

            La mujer le miró con una mueca de extrañeza y torció la boca.´

            —De acuerdo, gracias.

            Tres segundos después, la silueta de la chica apareció por la puerta del vagón.


Ámsterdam le recibió con una bocanada de aire helado en la cara. El cielo estaba nublado aunque no llovía, y la carretera estaba llena de coches y gente andando con prisas por todos lados. Llamó a un taxi con su pobre acento flamenco, y con un nivel bastante bajo que se derivaba de las poquísimas visitas que había recibido de pequeño por parte de su familia holandesa.

            —A Kerkstraat, por favor.

            El taxista arrancó, pero el chaval tuvo el tiempo justo de ver a la chica del tren por el reflejo del retrovisor.


Tardó unos minutos en ubicarse en la calle donde había ido a parar, y aún más en encontrar la dirección que le había dado su tía. La búsqueda fue fructífera y a unos cien metros dio con el bloque de pisos. Alargó su mano y pulsó el timbre. Una presencia se materializó a su lado.

            —¿Dónde vas?

            —¿Qué quieres de mí? ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? —gritó a la chica del tren.

            La puerta del bloque se abrió y su tía, todavía vestida con un pijama, apareció
.
            —¡Sobrino! ¡Qué pronto has llegado!

        —Tía. Creo que esta mujer me está acosando. Lleva todo el viaje persiguiéndome —se lo susurró al oído, y su tía le respondió con una mirada de locura.

            —¿Qué mujer? —A su lado no había nadie.

          El chico casi se ahogó del susto al darse cuenta y subió atropelladamente las escaleras hasta el piso. Se encerró en el cuarto de baño y se miró en el espejo. No vio su reflejo: vio a la condenada niña del tren al otro lado, mirándole.

            Cogió el cuchillo y sobre la palabra infierno dibujó rayas, la subrayó, la tachó, la destruyó. Un mar de sangre comenzó a fluir por su brazo, y tardó apenas un minuto en caer al suelo.



            Había intentado escapar del infierno haciendo un viaje larguísimo. Pero lo peor es que llevaba el infierno dentro. 




7 comentarios:

  1. Paco, eres una maravilla. Gracias, gracias, gracias por escribir. Dios, yo... Creo que voy a tener que leerlo un par de veces más porque me ha dejado con el cerebro atontado y los ojos llenos de lágrimas. En serio, tienes un jodido don. Has nacido con tinta en las venas y cada palabra que escribes es un regalo.
    Qué puta maravilla, de verdad. Es que... No tengo palabras, no sé qué más decirte. Gracias.
    Un beso,
    C.

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  2. Me he quedado un poco loca con el final. Obviamente lleva un infierno dentro por lo que ha pasado, eso no lo pongo en duda (de hecho no pongo en duda nada del relato), pero... ¿por qué es la chica el infierno? En principio he pensado que se trataba del fantasma de su hermana muerta, o algún tipo de alucinación de ella que representa el horror que él ha pasado y tiene que seguir pasando de algún modo, pero supongo que la habría reconocido... En fin, ya le daré vueltas xD O quizá por darle vueltas me estoy pasando de girar la tuerca.
    Tienes un estilo muy limpio, Paco, y has tocado con cuidado y respeto el tema de la autolesión, lo cual es genial. El momento final en el que vuelve a hacerlo es muy visual e impacta.
    Y bueno, no sabía que el último relato conectaba con el primero, así que he podido imaginarme a los personajes de Em subiendo al tren según bajaba el tuyo ^^ Eso ha sido muy chulo. Se os ocurren unas ideas geniales a los dos.
    ¡Un abrazo!

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  3. PACO!! Me ha encantado que el infierno no sea un lugar al uso. Al menos no el típico. Me ha encantado que el infierno haya sido un estado y un lugar a la vez. Lo de la niña, en serio qué paja mental, me encanta. Me ha hecho darle vueltas un rato. Es un relato muy bueno, muy bien trabajado y muy cuidado. Me ha gustado mucho el foco que has puesto a la autolesión, tanto el tema como las escenas en sí. Ha sido una gran idea muy bien elaborada. Como siempre, te superas.

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  4. El relato como conjunto me ha gustado muchísimo. El lenguaje que usas en muchas ocasiones es tan estético que atrapa y llega a lo más profundo. Peeeeero, yo personalmente no he podido conectar con el protagonista. No me ha gustado su actitud, no le perdono que hay huido de la realidad en vez de haberse enfrentado a ella, para encima acabar de esa manera. No sé, supongo que no lo he entendido o no puedo comprender su situación. Además, esa actitud tan apática... Se nota que está muerto por dentro, pero me da rabia que no haga por arreglarlo, nada más que huir... Aunque ciertamente es un tema complejo.
    En conclusión, que me ha gustado mucho a pesar de no haberme gustado el personaje principal.

    Sigue escribiendo cosas tan geniales, Paco.

    Un abrazo,

    Alberto.

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  5. ¡Hola! Me ha encantado descubrir que tu mente es tan macabra como puede llegar a ser la mía. ¿Sabes? Imaginaba que la chica del tren estaría muerta desde que la mujer miró al chico con extrañeza. Me ha dado mucha pena que su familia viviera esas circunstancias y que, además, la madre no prestara atención a su hijo. Quizá tuviera sus razones, pero es algo que no llego a entender, por lo que comprendo perfectamente que como valor añadido decidiera marcharse de casa hacia la de sus tíos. Eso sí, yo pensaba que no llegaría muy lejos y que acabaría desangrado mucho antes jaja.

    Creo que es la primera vez que leo algo tuyo en profundidad y me alegro de haberte descubierto como escritor. Sin lugar a dudas, me tendrás por aquí leyendo y comentando siempre que pueda ^^

    Saludos <3

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  6. Esto es tú, mi pequeña chispita. Real, duro, intestino, frío y caliente al mismo tiempo. Has salido muy bien de lo complicado que es tener el infierno como punto de partida, lo tenías mucho más difícil que muchos y has salido airoso. Pero no acabo de ver el carácter infernal de la chica en cuestión. Es decir, entiendo lo que simboliza, entiendo su función, pero no termino de ver su cara oscura, la verdadera esencia de su pseudoexistencia, y esto hace que me patine un poco el final - lo cual no quita que sea todo lo dramático que necesita el tema -. Pero bueno, esto es sólo mi opinión. El conjunto es grandioso, la forma es de pluma maestra, así que felicidades, pequeño.

    Un frío beso,

    Emily

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  7. Étincelle, primero de nada decirte que tu idea es brillante, y como siempre escribes divinamente. Pero aunque con al principio empiezas muy fuerte y está genial, da la sensación de que bajas el ritmo a partir de que el chico se va de casa y en mi opinión el final queda algo flojo :S

    Un besote

    Angie

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