13/7/15

Quejidos - #UnaImagenMilPalabras

Referencias
Imagen: «Idilio en el mar», J. Sorolla
Música: Suite Iberia, VIII: «El Polo», I. Albéniz

Se oye un quejido. Es de noche, todas las farolas de las calles alumbran caminos vacíos. A veces se escuchan ruidos extraños. Con el calor la madera cruje. O igual no.

Al cruzar la esquina, se oye el quejido más cerca. Más fuerte. Poco a poco se empiezan a oír más voces. Al principio sólo hay un acompañamiento leve, como de introducción. Un ritmo. Acentos. Compás. Tres por ocho. Una guitarra, que da acordes menores. Los intercala con una melodía que va sola, pero con el triple de potencia que todo lo demás. Hay un silencio. Un silencio enorme, un silencio de todas las voces. Un silencio que ocupa toda una vida. (Y un silencio que todo el mundo quiere que acabe).

Una mujer toma aire.

Da una primera nota, que es una apoyatura para otra mucho más larga, más profunda.

Da una segunda. Va y viene. Semitonos, segundas aumentadas y cadencias andaluzas. Su voz juega con la tonalidad, la digiere y la hace suya. Y ya no hay nada más. La guitarra se calla, impresionada; una nebulosa encierra el ambiente y las personas son todas oídos. Y ella es toda voz. Ni siquiera ya es ella. Es su voz totalmente sola, es lo único que se oye, que se toca, que se saborea, que se ve.

Segundo silencio. Yo me quedo quieto, mudo y casi asustado. Estoy a más de veinticinco metros de distancia, y aun así lo siento todo como si estuviese al lado.

Quejidos, quejidos y quejidos. Eso es todo lo que hay.



El sol en su cénit se deja caer sobre la arena de la playa. Desde arriba, apenas se veían más que sombrillas y una inmensa llanura azul oscura al fondo. Me sacudí la camiseta, intentando que algo de aire me recorriera el torso, pero fue imposible. Mi piel, cubierta por todos lados de manchas rojas e incluso parduzcas, daba la sensación de no poder aguantar ni un segundo más de calor.

Bajé a la playa. La arena se me colaba en mis zapatillas y hacía que las plantas de los pies me ardieran. En realidad no sabía siquiera por qué había bajado a la playa. Si estaba en Andalucía no era precisamente para bañarme en la costa.

Sin embargo, sobre mi hamaca intentaba comprobar si las recomendaciones que tantísimas veces me habían hecho en mi país sobre los litorales andaluces eran acertadas. En mi tierra, muy al norte de Europa, se tomaba España quizá como el lugar más importante para el turismo, especialmente a partir de cierta edad.

No se está tan mal, pensé. Sólo tenía que aguantar de día.

Y soportarlo hasta que llegara la noche.


Al fin y al cabo, creo que una de las cosas que más me mereció la pena fue el atardecer. La mayoría de las sombrillas se habían plegado y ya corría una brisita agradable. El sol caía con tanta dulzura que su trayecto hacia las profundidades hasta se me hizo corto, y en el agua apenas había gente, quizá algún niño disfrutando de sus últimos momentos de idilio en el mar. El cielo se teñía de colores inimaginables, y daba gusto disfrutarlo sin nubes perennes que entorpecieran una vista tan espectacular.

La noche. La. Noche.

Había llegado.


Esa era la verdadera razón por la que había decidido venir a Málaga. La noche.

Recogí todas mis cosas y espolvoreé las toallas con fuerza. Subí con presteza al apartamento, uno bastante modesto, en la quinta planta de un bloque enorme entre otros muchísimos bloques enormes.

Con una ducha rápida ya estuve listo para salir. Di un par de rodeos hasta salir al paseo marítimo, aunque no era precisamente adonde quería ir. Sólo cogía aquel camino porque todas las callejuelas del pueblo solían estar desiertas, y no prefería vivir una desaventura más a parte de las quemaduras en la espalda y en el pecho. La gente iba y venía de un lado para otro. Yo lo veía todo como desde una burbuja, como sin saber qué hacía allí, sin integrarme. Aunque supongo que para ellos yo también formaba parte de esa «gente que iba y venía». No me importaba.

No me gustaba mirar la playa de noche. No era lo mismo. No brillaba con luz propia. Era preciosa, pero mayoritariamente cuando era de día. Pero tampoco me importaba.

Quería dejar de ver luces molestas y ruidos de bares y chiringuitos agarrotados. Quería llegar a mi destino.

Y lo hice.

Mi destino era precisamente una callejuela de las que describí como desiertas, pero esa en concreto para mí estaba llena.

Como las anteriores noches que había ido, no supe muy bien qué hacer para acercarme. Me quedé un rato en una esquina, escuchando. También como otras noches, una de las personas que se reunían en el círculo que yo me dedicaba a observar se percató de mi presencia. Fijó en mí su vista y me hizo un gesto con la mano que se movía desde mí hacia él, como de «ven».

Fui.

No me saludaron ni me recibieron, sólo algunos de ellos levantaron la mirada e incluso puede que enarcaran una ceja. No más. Y creo que así fue mejor. De todas formas yo no era importante allí, ni quería serlo. Sólo era importante una persona cada vez, y ahora mismo era un hombre de mediana edad.

La garganta de ese hombre estaba en su límite; las venas sobresalían a montones y parecía que se iban a abrir en cualquier momento. Entonaba unas notas con dolor y su cante iba y venía. Cantó un polo, una taranta y una zambra, o al menos fue lo que yo identifiqué. Luego otras personas se arrancaron con otros ritmos, algunos con guitarra y otros sin ella. Peteneras, guajiras, soleás, fandanguillos, seguiriyas, malagueñas, farrucas. Todo el flamenco dejaba su sombra en aquel oscuro lugar de Andalucía. Por eso es por lo que vine. Flamenco, flamenco. Dulce y melancólico. Y muchas cosas más. Y.


Me gustaba muchísimo el flamenco, pero más allá del flamenco lo que me gustaba era el ambiente; los turnos de palabra —de cante—, la libertad. No era rock, ni era country, ni siquiera jazz. Era algo libre, elástico, extensible. Era algo maravilloso. Y creo que ninguna otra música podía obtener eso que tenía el flamenco. 


———


¡Buenas! 

Este es otro de los relatos para Reivindicando Blogger (clic para acceder). En este caso, el proyecto se ha titulado #UnaImagenMilPalabras, y consistía en inspirarse en una imagen y una canción para crear un relato cualquiera. El mío en este caso tenía como referencia las nombradas arriba: un cuadro de Joaquín Sorolla y una obra de Isaac Albéniz, El Polo, de su maravillosa Suite Iberia. El Polo es precisamente una obra inspirada en el flamenco andaluz y concretamente en el cante homónimo. El polo es un palo del flamenco bastante extendido en el siglo XVIII en Andalucía, descrito ya en las Cartas marruecas de José Cadalso. He querido aprovechar la oportunidad para dedicar un relato al flamenco que tantísimo me gusta y me inspira, y en especial a mi compositor favorito, Albéniz. 

Espero que os haya gustado. Aquí podéis (y debéis) leer los relatos de todos los demás participantes, que no son pocos. ¡Espero que os animéis a apuntaros en el siguiente proyecto!

7 comentarios:

  1. Cómo se nota que eres músico, querido. Es un relato maravilloso donde la música queda perfectamente plasmada. En serio, me has recordado a mi madre, que es pianista, cuando cierra los ojos y crea una historia en su mente. Creo que has hecho un relato perfecto para el cuadro que has escogido (es que encima es mi Sorolla, eso te da como mil puntos). Muy bonito. Aplausos para ti bien grandes, de esos que resuenan y parecen eternos. Un abrazo enorme

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  2. Genial!! He oído el relato. He sentido la música que salía de cada una de las palabras. Es un relato lleno de luz y de belleza. Me quedo encantado de haber leído esto. Muchas felicidades. Un saludo :)

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  3. Este relato es muy tuyo, y ha sido maravillosa la manera en que has plasmado la música. Ha quedado precioso, te felicito :)

    Un beso

    Angie

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  4. Coincido con Lore, la música casi es capaz de plasmarse en el relato. Me ha recordado a cuando yo voy a algún concierto, es como si hubiera estado ahí esperando a que la música empezase a sonar (y no la de youtube). La música me ha encantado, muy buena elección de acompañamiento, aunque de ti no me sorprende que escojas tan bien ;)
    En serio, qué pasada.
    ¡Un besín!

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  5. Coincido con Lore y con Gema. Se nota muchísimo que eres músico y que te apasiona la música tanto, ¡o más!, que la escritura. Ha sido precioso Paco, eres tú en palabras, en texto. Cada día me siento más orgullosa de conoceros al leer maravillas como esta, en serio.

    Un beso con sabor a pera,
    Van.

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  6. Más allá del cuadro de Sorolla, (que sabía perfectamente que ibas a coger), con la música de Albéniz ya tienes ganado prácticamente a todo el público incluido a un servidor. Has conseguido crear casi una burbuja entre tu escrito y la música que escogiste, y el lector. Sueño con tocar la Iberia.
    ¡Viva Andalucía, el flamenco, y la playa!

    Enhorabuena, y un saludo,
    JJ.

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  7. Un relato hermosísimo, casi me sentí transportada :) Las imágenes son muy hermosas, sobre todo la del final.

    Saludos!

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relampaguea