24/10/14

La única pieza del tablero que quedó en pie - Neminis Terra

¡Hola de nuevo!

Bueno, hoy me toca a mí publicar el relato para el proyecto que hemos organizado entre Emily Broken Rose, Carla y —claro está que no me he inmiscuido tanto como estas dos señoritas, pero— un servidor: Neminis Terra; eso sí, con la imprescindible ayuda de todos los participantes en el proyecto. Bueno, antes de dejaros leyendo, me gustaría decir que es todo un honor cerrar un evento al que le hemos dedicado tanto. Todos nos hemos volcado totalmente y hemos hecho lo imposible para que esto salga bien, y que vaya a publicar el último relato es en efecto símbolo de que así ha sido. Muchísimas gracias a todos. Esta es de las experiencias en las que uno se da cuenta de que Blogger es un sitio en el que merece la pena y en el que, detrás de todas sus pantallitas, hay personas maravillosas y dispuestas a ayudar en lo que haga falta. 

De nuevo, muchísimas gracias. Sin vosotros esto habría sido imposible. 

Se supone que me toca poner enlace al relato anterior y al siguiente, pero ¡me temo que no hay 
siguiente! Así que os dejo el primero y así podéis seguir la cadena. Dejo también en el enlace al 
blog oficial del proyecto (Reivindicando Blogger), porque esto no se acaba aquí, con Neminis Terra;
¡hay muchos más proyectos en nuestras cabecitas!

Relato anterior (Ángeles de energía, por Katia) | Primer relato (Cammini Crux, por Emily B. R.)

¡A leer!


La única pieza del tablero que quedó en pie - 


Los otoños en Hatum eran bastante duros. Bueno, en toda Neminis Terra se sufría mucho con el frío, pero que Hatum estuviera en el noroeste no ayudaba. Era uno de los reinos donde más calaba el invierno y muchos de los habitantes —y muchas de las aves— partían en la época otoñal a sitios más calurosos. Este año mucha gente se había quedado porque la guerra que acababa de empezar estaba dejando el reino en condiciones económicas nefastas y nadie tenía la cantidad suficiente como para poder costearse un viaje tan largo como innecesario. Eso sí, por todas las chimeneas se veía salir el humo de los fuegos de las leñas cortadas; los bosques se estaban quedando cada vez más desolados.

Hatum presumía de ser uno de los reinos más ricos de todo el norte de Neminis Terra. Al menos antes de la guerra. Era amplio y gozaba de unos parajes preciosos. Sus extensos cultivos le convertían en exportador de productos a todas las regiones del continente. También era poseedor de una envidiable fauna y flora a lo largo de los increíblemente frondosos y exuberantes bosques del centro de Hatum, que se volvían impenetrables cuando llovía. Sin embargo, cuando llegaba el estío, las costas se volvían parajes preciosos y la gente iba gustosa a visitarlos. Los habitantes de Hatum se enorgullecían de serlo.  

Al fin y al cabo, era un reino feliz y próspero. Hasta que llegaban las guerras, que cada vez eran más frecuentes.


Dos meses atrás, la guerra se había desatado con el reino vecino, Merbol, por lo de «siempre». Utar, el rey de Merbol, que acababa de ascender al puesto, se sentía con más poder que nunca y se obsesionó con conquistar territorios de Hatum, cuyos cultivos y paisajes eran mucho más valiosos que los de su reino. No tardó ni tres días en poner a su ejército en marcha y pisar la frontera, ya antes marcada por una alta muralla que fue derribada en pocas horas a manos de Utar y sus soldados.

El estruendo hizo despertar a todo el reino de Hatum, que hizo lo propio: puso a punto sus ejércitos lo más rápido posible y se lanzó al campo de batalla donde ya se vislumbraba la sangre y el olor a pelea. (Y dónde estaba el olor a victoria, se preguntaba todo el día el reino).

El rey de Hatum, Johann, cansado ya de los ataques del reino vecino durante sus treinta largos años de reinado, prometió que ésta sería la última de las guerras. No escatimó gastos en personal, armas y destrucción. Despilfarró todo el dinero que debía utilizar para fines del pueblo en material para la batalla y el reino se sumió poco a poco en una honda pobreza.

Johann se ensimismó y sólo podía pensar en cómo abolir a Merbol, y, más concretamente, a su rey, Utar. Creía que ya se había librado al haber vencido a su antecesor Yerard, muerto —casualmente— en una de las guerras de Neminis Terra. Pero no. Su incansable lucha, por lo visto, no estaba siendo suficiente para apaciguar las malas relaciones entre los reinos de Merbol y Hatum, que desde tiempos inmemoriales estaban enfrentados. Johann había puesto todo su esfuerzo en el establecimiento de amistad entre ambos reinos, o eso decía. La verdad es que al rey de Hatum le gustaban las guerras, por muchas que hubiera. 

Aaron era el sobrino del rey Johann. Se había criado en su castillo cuando se quedó huérfano —después de que sus padres murieran en una trifulca cuando viajaron hacia el sur del continente, viaje del que nunca obtuvo demasiada información—, a manos de su tío y de su mujer, la reina Cellia. Ésta se divorció de Johann y a las pocas semanas él decidió que Aaron ya no tenía por qué estar allí. Aunque apenas había cumplido los quince años, el rey lo echó a patadas de su castillo como si nunca le hubiese importado, con un par de monedas en el bolsillo y algún que otro abrigo para vivir. Para sobrevivir. Pasó un par de meses en la calle hasta que encontró a una mujer bondadosa que vivía en las afueras. Leonor, que era así como se llamaba, le acogió pese a su pobreza evidente, y Aaron, desesperado, aceptó.

Dormía en una sala al fondo de la casa de Leonor, con las paredes agrietadas y mohosas y con bichos reptando continuamente. Todas las noches tenía pesadillas sobre castillos que se cerraban, calles enormes vacías y él muriéndose en cualquier esquina, bichos recorriéndole la espalda.

Según le contaba Leonor, antes de la guerra, ella vivió momentos de apogeo. Sus negocios la llenaban de poder y cada vez se volvía más y más rica. Se compró esta casa para mudarse a este reino pero poco después la guerra se la llevó por delante. Su fortuna fue menguando hasta verse arruinada. También le contó que antes estaba casada con un hombre poderoso que venía de un país desconocido para ella y que, hasta que se conocieron, no hablaba ni una pizca de su idioma. Se enamoraron y se quisieron durante años, pero se divorciaron pasado un tiempo. Su exmarido era deportista, y Leonor le confesó a Aaron que tenía un físico envidiable. Le enseñó la pequeña sala donde guardaba las pesas y los utensilios de gimnasio que usaba para entrenar. Aaron alegó:

—Yo también entreno —se mordió y la lengua y se corrigió—: Bueno, entrenaba, cuando estaba con mi tío, ya sabe. —Leonor le sonrió y de entonces en adelante le dejó usar todo lo que había allí, a lo que Aaron aceptó encantado. Le dio un vuelco el corazón cuando se dio cuenta de que estaba todo muy cubierto de polvo al pensar cuánto tiempo haría que nadie lo utilizaba. Pensó en Leonor y en lo sola que se sentía. Quizá por eso me ha acogido.

Esa misma noche alguien entró por la puerta, asustando a Aaron. Leonor le explicó que era su hija Marine. Inmediatamente él se preguntó si sería hija de su exmarido. Supuso que sí. No quiso preguntar por miedo a herir los sentimientos de ambas, pero estuvo a punto.

Marine, que también se sorprendió a ver en casa a un desconocido, habló en susurros un momento con su madre hasta que ella le explicó la situación. Ambas suspiraron aliviadas.

—Buenas noches —saludó Marine, aunque, bueno, ya llevaba unos cinco minutos en casa—. Soy Marine, encantada. —Aaron, que se había levantado, le sonrió y le tendió la mano.


Pasaron pocos meses en los que Aaron seguía una silenciosa rutina: comer dos veces al día, ducharse cuatro a la semana y entrenar todos los días. El resto del tiempo lo pasaba dentro de casa, porque la vida fuera ya no era una posibilidad. Los amaneceres y los atardeceres se sucedían, incontables, hasta que Leonor se acercó una noche hasta el chico, con cuidado de no despertar a Marina.

—Aaron —le susurró—. Ven un momento conmigo. —El chico que ya estaba adormilado, sacudió la cabeza y cuando asimiló la información siguió a Leonor, que le condujo a un trastero a pocos pasos de la casa.

—¿Qué pasa? —le preguntó él, inquieto.

—Verás. —Tomó asiento y siguió hablando—: Necesito algo de ti. Durante estos meses te he acogido en mi casa con una… misión. Quiero que salgas a la guerra. —Aaron dio un respingo y se quedó pensativo, dando pie a que ella hablara más—. Mi marido me dejó para irse a la guerra, no todo fue como te conté. A él le comieron la cabeza los del bando de tu familia, como a muchos otros. Mi marido, que era una persona buena y generosa, cambió totalmente durante los últimos meses de nuestro matrimonio. Cada vez pasaba menos tiempo en casa y dejó a la familia completamente abandonada. Su sueldo menguaba y menguaba hasta que un día dejó de llegar a casa. Según comprendí después, lo gastó todo en los despilfarros del rey Johann que estaba saqueando a todo su ejército.

» Entonces él quiso dejarme para irse a combatir al reino de Merbol, pero yo me impuse y le dije que me divorciaría si se iba. Prácticamente ni se inmutó. Al día siguiente abandonó la casa sin avisarlo siquiera.

» Fue entonces cuando llegaste tú, querido. Te vi tan pálido y tan distinto a cuando hacías recepciones reales junto a tu tío… Quería recuperar al hombre que llevabas dentro y que tanto me recordó a mi marido. Sabía que tendrías sed de venganza y que en el fondo querrías que tu tío Johann perdiera su trono a toda costa, porque además, serías tú su heredero —se tomó un leve respiro—. Con esto no espero recuperar a mi marido. Ni siquiera quiero eso. Quiero justicia. Quiero que el rey lo pierda todo. Y la única forma de eso es que… tú le derrotes en una batalla cumplidos los dieciséis. Y por lo que sé, los cumples muy pronto. Mañana, de hecho.

Cuando terminó de hablar, Aaron intentaba concentrar toda la información y buscar una respuesta conexa, pero no la encontró hasta que no pasaron largos minutos.

—¿Qué pasa si pierdo la batalla contra mi tío? —inquirió, mirándola fijamente a los ojos.

—Entonces… perderías el completo derecho a heredar el trono del reino. —Aaron se levantó con cuidado y se echó en el suelo, sabiendo perfectamente que no encontraría el sueño en toda la noche.

—Sí —dijo Aaron, nada más despertarse.

—¿Perdón? —le respondió Leonor.

—Sí. Lucharé contra mi tío. —Ella le respondió con una mirada de sorpresa y luego le dio un abrazo.
 
—¿Sabes que tendrá que haber un plan, no?

—Supongo. ¿Tienes tú uno?

—Más o menos. ¿Sigues conservando llave del palacio? —Aaron negó con la cabeza, disgustado—. Bueno. ¿Y sabes de algún sitio por el que se pueda entrar?

Reflexionó.

—Recuerdo que cuando era pequeño entraba a mi habitación escalando por el jardín, pero no sé si será posible aún.

—Suficiente. Esta noche iremos a comprobarlo.

Tal y como acordaron, esa misma noche acudieron al castillo y entraron con sigilo al enorme jardín trasero. Aaron guió a Leonor hasta la ventana de su habitación, que estaba a unos cuatro metros del suelo. Intentaron escalar, pero la pared estaba helada y era prácticamente imposible.

—A ver, Aarón —resolvió ella—. Vas a tener que retarle a una batalla pública. Es la única solución. Ahora mismo el rey estará fuera de sus cabales con el asunto de la guerra y seguro que luchará muy desconcentrado. ¿De acuerdo? Será mañana. Mañana es un día perfecto. Hoy haremos noche aquí, pero antes iremos a casa a buscar las armas que guardo. —Aaron le miró extrañado—. Mi marido las dejó olvidadas. Sólo las conservé por seguridad.


A la mañana siguiente Aaron temblaba de miedo.

—Mi tío es muy fuerte, Leonor —pensaba sin parar—. No voy a poder contra él.

—Podrás.

—¿Cómo estás tan segura?

Nunca respondió a la pregunta.


Johann salió del castillo por primera vez en todo el día cuando el sol estaba en su cénit. Aaron se lo pensó un par de veces antes de salir en su busca, pero con el apoyo de Leonor bramó para llamar a su tío.

—¡Johann! —(Nunca más se atrevió a llamarle tío). Él le miró incrédulo, como si le costara recordar el rostro de su propio sobrino.

—Aaron —le respondió una vez se había recompuesto—. ¿Qué haces tú aquí?

—Te reto a una batalla pública. Esta misma tarde. Antes del atardecer. Aquí. —Soltó una retahíla de palabras intentando no tartamudear.

—¿Se puede saber qué demonios estás diciendo?

—Lo has oído perfectamente. Y sabes tan bien como yo que tengo derecho a hacerlo. No faltes —repitió. Aaron se fue de la escena con paso rápido y el corazón a mil por hora.


Las horas pasaban y Aaron no tenía fuerza para hacer nada. Leonor le había dicho que le convenía estar preparado para la batalla, pero él no había querido probar bocado a la hora de la comida. Pasó la tarde mirando por la ventana, casi con la esperanza de que ocurriera cualquier catástrofe para detener la batalla con Johann. Pero no. El cielo se teñía de tonos anaranjados —ese día atardeció con más parsimonia que nunca— y Aaron tenía miedo de moverse.

Tenía miedo de todo. En general.

—Vamos, Aaron. —Antes de que el muchacho pudiera replicar, Leonor le cogió con delicadeza sus mejillas entre las manos y le habló con cariño—: Espera. Antes de que te vayas quiero decirte que si te he encargado esta misión es porque confío en ti. En el poco tiempo que llevamos juntos me has demostrado que no solo eres capaz de hacer justicia con tu tío, sino que también serías perfectamente hábil para estar en el trono de Hatum. De todas formas, no quiero que te sientas obligado a ir a pelear. Si no quieres, sencillamente no lo hagas.

—Lo haré —concluyó, tras unos segundos de silencio.


Aunque ya era prácticamente de noche, Johann y una gran masa de personas se arremolinaban ante los jardines del castillo. Los guardaespaldas reales estaban en las puertas del palacio, bien retirados de la pelea, a orden del mismo rey.

—Por fin llegas. Diste a pensar que te habías acobardado.

—Nunca viene mal hacerse esperar.

—Pues no lo hagas nunca más.

—Quizás seas tú quien no tenga que esperar más. Nunca. —Johann sonrió ante el sarcasmo y se lanzó bestialmente contra Aaron, que ya lo esperaba. Lo retuvo con su espada pero Johann no se cansó. Arremetió de nuevo usando una táctica de distracción, que, gracias a los dioses, el chaval había aprendido hacía muchísimo tiempo.

—Previsible —espetó su tío.

—Tú también.

Esta vez fue Aaron quien atacó. Intentó confundir a su tío, quien se dio cuenta y no picó. Tras varios minutos de vaivenes, Johann se hartó y con un fuerte movimiento de brazo, hirió a Aaron en un brazo. Él cayó al suelo, confundido y con una terrible sensación de haberlo perdido de todo.

En un estado de semiinconsciencia, echó una mirada hacia la barahúnda de gente a su alrededor y de pronto encontró a alguien que le pareció familiar. Era Leonor. Se le formó un nudo en el estómago.

La había defraudado. Estando aquí tirado en el suelo, la estaba defraudando. Fue cosa de un segundo, pero creyó que algo cambiaba al lado de Leonor. Dos hombres vestidos de negro se materializaron detrás de ella.

Le clavaron un puñal en la garganta.

Y se cayó. 

Y él allí, también caído. Caídos los dos.

Al menos que uno se levante, gritó el cerebro de Aaron, al que hacía unos minutos que había dejado de hacer caso.

Johann sostenía su espada en alto y alargó sus brazos hacia atrás para coger impulso y clavársela en el pecho. Pero Aaron, con su arma todavía en la mano, sacó fuerzas de donde creía que no había nada y apuntó hacia el estómago de su tío. Hizo una mueca de asco y de dolor, y su espada se le resbaló de las manos y cayó hacia atrás, mientras su vientre rezumaba sangre. Se tambaleó.

Y cayó. Johann.

Johann había caído.

Y ahora Aaron debía levantarse. Lo hizo.

Se levantó. Por los dos. Por Leonor y por él.

Fue la única pieza del tablero que quedó en pie. Y era el rey.

Había ganado la partida. 

(Hasta siempre, Neminis Terra).
Étincelle

1 comentario:

  1. Hola H / HTR / PACO / ÉTINCELLE!

    Bueno, he leído tu relato antes que otros porque si no hubiera sido por ti no hubiese entrado en #NeminisTerra, y lo tenía que recompensar de alguna forma, ¿no?. Lo he leído y está muy bien para acabar con Neminis. Buena historia en general :)

    Pero no quiero dejarte este comentario tan vacío. Te diré que es muy difícil describir una escena de lucha, y lo has descrito perfectamente, pero yo quizás hubiera alargado e insistido más en tres cosas:

    La primera, la agonía, la frustración que siente Aaron cuando sabe que jamás podrá derrotar a su "enemigo".
    La segunda, cuando Aaron ve que el mundo se le viene abajo al ver que Leonor muere.
    La tercera, cuando finalmente gana.
    O al menos prolongar la primera y segunda; y no la tercera (o viceversa). (Aún así yo reforzaría en las tres).

    Lo que más me ha gustado, sin duda, la descripción de la lucha. Es fantástica. Está muy bien detallada y es muy precisa. No te puedo decir más, espero que te haya servido ;)
    Buena historia; y como siempre, ¡sigue escribiendo!
    JJ.

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relampaguea